Como a un Vaso Más Frágil

La gota que rebosó la copa ocurrió la noche que—ante la negativa de su joven esposa—decidió tirar la lámpara con violencia, desde la mesita de noche. Luego empezó a gritar furibundo, dando vueltas como león enjaulado en la habitación y finalmente, en lo que ella interpretó como locura—producto de la frustración—despertó a su hijita y la llevó—cerca de la medianoche—a ver televisión en la salita de estar.

–Y tú no digas nada, Dayana. Ni te acerques porque soy capaz de golpearte—le advirtió ante sus ruegos de que dejara ir a dormir a la menor. La niña no hacía otra cosa que llorar.

Aquel incidente, como por arte de magia, tornó más largas las horas, el reloj parecía marchar con nostalgia y lentitud, la misma que despierta ver morir la tarde junto al mar oyendo el murmullo de las horas, y las primeras luces del día la sorprendieron sin conciliar el sueño. Esa situación desesperada fue la llevó a tomar la decisión de denunciar a su marido.

–Llegué al límite—le dijo al empleado judicial que aporreaba el teclado del computador, como si en cada tap tap estuviera imprimiendo la fuerza contundente de una noticia de última hora.

Terminaban largos meses y años de sufrimiento. Salió de aquel edificio con la misma sensación de quien acaba de liberarse de una pesada carga.

Un Fenómeno Creciente

La agresión intrafamiliar, y más aún, la violación literal del cónyuge—avivado por el carácter machista que prima en muchos países del continente americano—, representa un fenómeno que cobra cada día mayor fuerza y que en una sociedad que privilegia los derechos del hombre sobre los de la mujer, termina aceptándose como algo “normal”.

En criterio de la presidenta del Centro Latinoamericano de Salud y Mujer (CELSAM), Diana Galimberti, el asunto es más serio cuando el agresor sexual es el compañero y no un desconocido. A su turno el coordinador del Centro Internacional de Investigaciones sobre la Mujer –ICRW en inglés–, Gary Barker, considera que “Cuando se trata de un extraño para la mujer, hay un mayor reconocimiento de que se trata de una violación, por cuando ocurren dentro del matrimonio en muchos países se piensa que—como ella aceptó una vez—lo hará siempre”.

En este último concepto coincide la especialista brasilera Ley María da Penha, quien señala que “La violencia sexual es cualquier conducta que obligue al cónyuge a mantener o participar en una relación sexual no deseada, bien sea mediante intimidación, amenaza, coacción o uso de la fuerza”.

¿Cuál es el problema? Que en la mayoría de las culturas la intimidad se considera una obligación al interior del matrimonio. Pero, ¿es esto lo más apropiado?¿Está esa posición en coincidencia con la voluntad de Dios?¿Qué dice la Biblia al respecto?

La Mujer, Vaso Frágil

En un alto porcentaje de los casos de violencia intrafamiliar y en el hecho específico de violación sistemática al cónyuge, es la mujer quien lleva la peor parte. Históricamente ha sido así.

Lo interesante es que cuando vamos a la fuente de nuestra orientación, la Biblia, encontramos que Dios le da una posición privilegiada. La definición la hizo el apóstol Pedro cuando escribió: “Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo.” (1 Pedro 3.7) La concepción resulta a todas luces interesante. Propone, dentro del marco de la vida cristiana práctica, un trato sabio para la esposa, lo que indudablemente está ligado a un trato amable, amoroso, considerado y respetuoso. Cuatro principios que honran el matrimonio y glorifican a Dios. Obligar a la esposa a tener relaciones sexuales, además de violentar su voluntad y representar un comportamiento agresivo, va en contravía de lo dispuesto por Dios.

Hay que agregar el hecho de que las mujeres son “co-herederas de la gracia”, característica que les hace igual a usted y a mí delante del Señor. No somos más importantes. Hombre y mujer, en Su presencia, tenemos igual nivel.

Un tercer aspecto que debemos considerar es que un hogar inmerso en problemas, y más aún, en el que la mujer sufre mal trato, genera un ambiente adverso para que las oraciones sean escuchadas.

Amor Hasta el Límite del Sacrificio

Cierto día, en un hospital, aprecié una de las imágenes más conmovedoras de que tenga memoria y que comparto con ustedes: un hombre estaba altercando con médicos especialistas en procura de que aceptaran su propósito de donarle el corazón a la esposa. Ella se encontraba muy enferma y un transplante lucía como la única alternativa viable. “Si me toca morir por ella, estoy dispuesto”, les decía con palabras cargadas de desesperación.

¿Hasta qué punto nuestro nivel de amor y respeto hacia la esposa podría tener acompañamiento con la disposición de morir por ella, si fuera necesario? Es una respuesta que solamente usted se puede responder.

El apóstol Pablo al instruir a los cristianos del primer siglo y también a nosotros hoy, sobre pautas para un matrimonio sólido, recomendó: “Maridos, amad a vuestras mujeres,(A) así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella…”(Efesios 5:25) No, no le estoy diciendo que sólo usted como marido debe sacrificarse. Lo que le estoy diciendo son dos cosas, que tal vez otros autores cristianos no hayan abordado: el primero, que el respeto en la pareja se debe manifestar incluso en una relación íntima de mutuo acuerdo. Su esposa no está obligada—permítame hacer énfasis en eso—a absolutamente nada. Si accede es porque lo quiere, no por algún tipo de presión. El segundo, que evidenciar respeto en todas las esferas de su relación de pareja. En el tono de voz que utiliza al hablar, las palabras que utiliza, los modales, gestos y cuanto le expresa a su cónyuge.

Un trato áspero no está en la voluntad de Dios La imagen del “macho latino” en el que se mezclan algo de mexicano, una pizca de colombiano y algo de peruano, de hombres rudos que responde a su mujer con gruñidos, la apartan con brusquedad y la obligan como si estuviéramos en la época de las cavernas, dista mucho de la realidad y más: de lo que Dios espera de nosotros como esposos.

El apóstol Pablo hizo énfasis en este principio cuando escribió: “Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas.”(Colosenses 3.19). Amar no es solamente una palabra que se escribe con cuatro palabras y se le dice a la mujer cuando estamos en el período de novios. Amor—en el caso de la pareja—es un sentimiento nacido desde lo más profundo de nuestro ser, que debe expresarse con hechos.

Le invito para que evalúe cuál es el trato que da a su cónyuge. ¿Acaso afloran en usted los instintos y considera que la intimidad es únicamente ese momento de satisfacción personal?¿Agredió u obligó a su esposa a recibirle en la cama? Si es así, ¿ya remedió la situación con ella y pidió perdón a Dios por su actitud? Hoy es el día apropiado para tomar decisiones.

Dr. Luis Ángel Díaz-Pabón